Por Jimena Quintana.-
Aproximadamente hace un año comenzaron los rumores del trágico final de la
humanidad en este 2012. Varias personas fundamentan el rumor con supuestas
predicciones mayas, que dicho sea de paso, pocos saben correctamente interpretar.
Los más reconocidos investigadores rechazan categóricamente las tan famosas
predicciones. Pero siendo este un pueblo abierto a opciones e historias mágicas, estos
presagios son una constante, ya sea en juego o realidad. El martes 20 de marzo, al
medio día, una sacudida hizo latente esta posibilidad
Durante un recorrido cotidiano en ese gran monstruo de gente llamado metro -ente las
estaciones Viveros y Coyoacán- los vagones comenzaron a mecerse de tal manera que
semejaban a un barco en alta mar. Sólo en la Ciudad de los Palacios pueden suceder
cosas tan bizarras como un barco en las entrañas asfálticas de una metrópoli. El
submarino naranja paró, se apagaron las luces y en pleno día quedamos en completa
obscuridad. El desconcierto se apoderó en un instante de todos los tripulantes del veloz
gusano. Las personas sacaron sus celulares aferrándose a una luz que aunque tenue,
en aquellos momentos de turbación, resultaba ser esperanzadora. Las especulaciones
de lo que ocurría vinieron unos segundos después seguida por la certeza de que,
efectivamente, estaba temblando.
Nadie se movió. Una señora que había permanecido dormida durante el trayecto
despertó; un recién nacido comenzó a llorar debido a la enorme tensión que se sentía
alrededor; la gente recordó de inmediato aquel temblor del ’85 que dejó a la ciudad
devastada. En esos momentos las personas dejaron de ser simples extraños para
hablar como amigos. El sólo hecho de pensar en ese temblor hizo que una muchacha
replicara pidiendo encarecidamente que pararan la plática. Yo permanecí atenta a lo
que decían, esperaba que en cualquier momento alguien tuviera un ataque de pánico.
No fue así. “Justo cuando vengo a esta ciudad me toca esto” –dijo un hombre maduro
que estaba a mis espaldas.
La luz regresó y los motores del metro se encendieron. Todos nos sentimos aliviados
cuando el tren siguió su curso. Llamar por celular fue imposible pues no había señal.
Regresamos a la calma y a convertirnos en extraños nuevamente. Cuando llegamos a
la siguiente estación nadie salió. Sólo un muchacho entró en el vagón con una mochila
al hombro en la que escondía una bocina. “¡Se va a llevar como una oferta, como una
promoción, el disco compacto con la mejor música del momento a sólo 10 pesos!” –
dijo, dándonos una muestra de semejantes hitazos. La respuesta no se hizo
esperar…”me da uno joven”-se escuchó a la señora que llevaba al bebé en brazos y
que momentos antes había estado llorando. Lo mismo sucedió con tres personas más.
¡Qué rápido regresamos a la normalidad! –pensé. El sismo fue intenso aunque yo, en el
subsuelo, no percibí su magnitud. Sin embargo en la calle las cosas eran diferentes.
Cuando salí del metro lo primero que vi fue un mar de gente afuera de cada uno de los
edificios. Una de las construcciones había sufrido graves daños, la fachada estaba por
completo cuarteada y los vidrios estaban rotos. Se trata del popularmente conocido
Edificio de la Transparencia. Había patrullas, ambulancias y gente de protección civil
rondando por todos lados y en constante movimiento. La gente no quería entrar a sus
oficinas pero permanecían en calma observando los daños del tan novedoso y frágil
edificio.
Subí al metrobús que me permitió, por sólo 5 pesos, deleitarme con las historias que
los pasajeros contaban y un recorrido a través de la ciudad. Una señorita contaba, no
sin burla, cómo una mujer mayor, -ella calculaba como unos 80 años-, durante la
sacudida comenzó a gritar que era un castigo de Dios por pecadores, que debían
arrodillarse pidiendo perdón para poder salvar el alma.
En varias colonias la luz se había ido, lo que ocasionó que los semáforos no
funcionaran y hubiera un terrible caos vial. Los carros se apresuraban a pasar
bloqueando el paso del autobús y de otros coches. Los hospitales, escuelas, oficinas y
casas habitación seguían evacuadas pero sin daños graves o incidentes mayores. Las
noticias en radio y televisión reportaban sólo algunos percances como un puente
peatonal caído, -al que coincidentemente yo solía visitar en épocas adolescentes, con
otra amiga, para “decorarlo” con algunos colores en spray- que lesionó levemente al
conductor de un micro que, por fortuna, iba sólo. Las vías de una línea del metro se
doblaron por completo y hubo también algunas crisis nerviosas. La ciudad poco a poco
regresó a la calma relativa con la que solemos vivir los habitantes de tan vibrante
metrópoli. A la mañana siguiente los periódicos decían lo que había pensado un día
anterior…la ciudad, a pesar de todo y todos, pese a sus casi 200 réplicas del temblor,
seguía en pie.
*Estudiante de Historia de la UNAM. Se declara una apasionada observadora de los
paisajes físicos y humanos de la Ciudad de los Palacios.

